Mamagoga

Uno de mis primeros trabajos fue en una residencia infantil.

Allí los niños siempre nos llamaban educadores, pedagogos o tutores en lugar de hacerlo por nuestros nombres; estaban acostumbrados a referirse a nosotros por nuestra función. Supongo que les ayudaba a no crear vínculos ya que eramos un sucedáneo institucionalizado de lo que debe ser una familia.

Las suyas no podían hacerse cargo de ellos. Así que tenían que conformarse con compartir un trabajador entre muchos niños, que estaban divididos en grupos según su edad o comportamiento. Funcionarios a los cuales no se les pagaba para quererles. Imagina unos veinte profesionales con diferentes turnos y tareas; entrando y saliendo de un centro donde debían educar, programar, redactar, dinamizar, acatar, mediar, reñir, limitar, contener… Haciendo caso a su superior, sin salirse de su horario y con tiempo para un café con el compañero.
Vamos, que para eso del cariño a más de uno no le quedaba tiempo ni ganas.

Yo llegué a esa casa y me creí de lo más afortunada. Se me había dado la oportunidad de convivir con unos niños que necesitaban apego más que nada en el mundo. A día de hoy todavía no se me ocurre nada tan agradecido. Aunque tuviera que olvidar mi nombre y limitarme a ser una pedagoga en funciones.

Pero a mitad de la primera semana los más pequeños empezaron a llamarme Mamagoga. Y desde entonces jamás he dejado de serlo.

Por eso, este rinconcito va dedicado a ellos y a todo lo que me enseñaron y me siguen enseñando.

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